Descripción del episodio
Agradece a este podcast tantas horas de entretenimiento y disfruta de episodios exclusivos como éste. ¡Apóyale en iVoox! El 1 de noviembre de 1922, tras seis siglos de existencia, el Imperio otomano desapareció tras su derrota en la Primera Guerra Mundial. Aquella caída se ha interpretado como el desenlace lógico del llamado hombre enfermo de Europa, pero quizá haya que volver sobre esa idea. La segunda década del siglo fue mala para todos los imperios, se hundieron también el austrohúngaro, el alemán, el zarista ruso y la dinastía Qing en China. El otomano, por tanto, no fue un caso único, y su desaparición tardó cuatro años más que la del resto, lo que es señal de que la idea imperial tenía cierta fortaleza. En vísperas de 1914 el imperio no era un moribundo condenado por sus tensiones internas, sino un Estado más o menos viable destruido por las pésimas decisiones de sus gobernantes, las invasiones extranjeras y el desgaste bélico. Habían hecho incluso algunas reformas tras la revuelta de los Jóvenes Turcos en 1908, reformas que no tuvieron continuidad en aquel momento, pero que bien podrían haberse recuperado en la posguerra. Antes de la guerra esos mismos Jóvenes Turcos hablaban del llamado otomanismo, es decir, una monarquía parlamentaria multiétnica y multirreligioso que diese cabida tanto a la población musulmana como a la cristiana y a la judía en igualdad de condiciones. De haber sobrevivido, el imperio seguramente habría podido funcionar más como sociedad multiétnica que como multirreligiosa. Turcos, árabes y kurdos podrían haber convivido, pero buena parte de los cristianos habrían sido expulsados. La religión era lo definía las lealtades, como demuestran las matanzas de armenios en Adana en 1909 o el boicot a los negocios cristianos de 1913. El nacionalismo árabe, en cambio, buscaba al principio reconocimiento cultural y cierta autonomía antes que independencia plena. De los imperios de antes de la guerra solo sobrevivió en cierta manera el ruso, per