Descripción del episodio
Estaba cayendo una ligera nevada. Bran sentía en las mejillas los copos, que se deshacían en la más suave de las lluvias en cuanto le llegaban a la piel. Se irguió en el caballo y observó cómo levantaban el rastrillo. Por mucho que intentara mantener la calma, el corazón le revoloteaba como una mariposa en el pecho. —¿Preparado? —preguntó Robb. Bran asintió, tratando de que no se le notara el miedo. No había salido de Invernalia desde la caída, pero estaba decidido a cabalgar con tanto orgullo como cualquier caballero—. Entonces, adelante. —Robb clavó los talones a su gran capón gris y blanco, y el caballo trotó bajo el rastrillo. —Vamos —susurró Bran a su montura. Rozó ligeramente el cuello de la potranca castaña, que echó a andar. Bran la había llamado Bailarina. Tenía dos años, y según Joseth era más lista que ningún otro caballo. La habían entrenado especialmente para que respondiera a las riendas, a la voz y a los toques. Hasta entonces Bran sólo la había montado por el patio. Al principio Hodor o Joseth la guiaban, con Bran asegurado con cinturones a la silla de gran tamaño que había dibujado el Gnomo, pero en los quince últimos días la había montado solo. Había ido al paso, al trote, en círculos, y cada vez se volvía más audaz.Pasaron junto a la caseta del guardabarrera, cruzaron el puente levadizo y salieron al exterior. Verano y Viento Gris trotaban junto a ellos sin dejar de olfatear el aire.