Descripción del episodio
El próximo 6 de septiembre Sajonia-Anhalt, uno de los Länder más pobres de la antigua Alemania Oriental, celebra unas elecciones regionales que han puesto en vilo a todo el país. Las encuestas dan a Alternativa por Alemania (AfD) más del 40% de los votos, un resultado que les dejaría a las puertas de gobernar en solitario un parlamento regional por primera vez en su historia. Pero lo que se dirime allí no es tanto que pasará con ese Estado federado, sino si sigue valiendo una estrategia que la clase política alemana practica contra este partido de derecha identitaria desde hace años. Esa estrategia se conoce Brandmauer, el cortafuegos que compromete a todos los demás partidos a no pactar jamás con AfD ni gobiernos ni leyes. La CDU formalizó la doctrina en tiempos de Merkel, y, algo que nació como una línea roja para debilitar a AfD, se ha transformado en el principio organizador de la vida política alemana. Se descartan medidas que tendrían mayoría solo porque AfD las votaría, se les niega la vicepresidencia del Bundestag y a sus diputados se les aplica un aislamiento que roza en ocasiones la mala educación. La pregunta es si todo esto ha servido para algo. Medido por su objetivo último, el de hacer de AfD un partido menos atractivo para el votante, el cortafuegos ha fracasado. Hace un año Merz prometió reducir su voto a la mitad endureciendo el discurso migratorio y gobernando con eficacia. La inmigración irregular se ha desplomado, pero AfD ha duplicado su apoyo y ronda el 29% nacional, seis puntos por delante de los democristianos. Mientras en Italia, Países Bajos, Suecia o España la derecha identitaria se ha ido moderando tan pronto como se acercaba al poder, AfD ha recorrido el camino inverso, se ha radicalizado aún más mientras veía como su esperanza de voto aumentaba. El muro retira los incentivos para moderarse. El votante apoya a AfD sin riesgo sabiendo que nunca cargarán con el desgaste de gobernar. El aislamiento les regala su mejor argumento, la prueb